RESIDENCIA No. 16
PURO VILLANO
Oliveiro Leal
PURO VILLANO presenta una serie de monotipias realizadas por Oliveiro Leal durante su estancia en la Residencia Núm. 16 de la Galería-taller Otra cosa sin nombre. A sus 22 años, el artista desarrolla una práctica visual marcada por una estética irreverente, caótica y oscura, donde la imagen opera como acontecimiento más que como representación: escenas-retrato que emergen desde el exceso, la deformación y la inestabilidad.
A lo largo de la historia del arte, el retrato ha sido uno de los dispositivos privilegiados para domesticar lo ajeno. Se ha normalizado el deseo de poseer la imagen de lugares, paisajes, cuerpos o visiones que no nos pertenecen, que nos son inaccesibles o incomprensibles. El retrato —como objeto— permite una forma de apropiación simbólica: aquello que no podemos habitar, comprender o alcanzar, al menos puede ser mirado, enmarcado y conservado.
Sin embargo, el deseo se vuelve más complejo cuando el objeto del retrato no es un territorio ni una escena, sino un otro. La fascinación por poseer la imagen de personas o seres que nunca podremos conocer del todo revela una tensión profunda entre cercanía y opacidad. El retrato promete acceso, pero también certifica un límite: lo que se mira no se entrega por completo.
En este contexto, el título de la exhibición articula una fricción semántica central. “Puro” —término que puede aludir tanto a lo auténtico como a lo incontaminado— se enfrenta a la figura del villano, históricamente cargada de connotaciones morales negativas. Antes de su asociación con la maldad, villano designaba a quien habitaba las villas: asentamientos rurales situados fuera de la ciudad amurallada, lejos del centro político, económico y simbólico. El villano no era un sujeto perverso, sino un cuerpo desplazado del orden urbano, asociado a lo rústico, lo impropio, lo no domesticado.
A lo largo de la historia del arte, el retrato ha sido uno de los dispositivos privilegiados para domesticar lo ajeno. Se ha normalizado el deseo de poseer la imagen de lugares, paisajes, cuerpos o visiones que no nos pertenecen, que nos son inaccesibles o incomprensibles. El retrato —como objeto— permite una forma de apropiación simbólica: aquello que no podemos habitar, comprender o alcanzar, al menos puede ser mirado, enmarcado y conservado.
Sin embargo, el deseo se vuelve más complejo cuando el objeto del retrato no es un territorio ni una escena, sino un otro. La fascinación por poseer la imagen de personas o seres que nunca podremos conocer del todo revela una tensión profunda entre cercanía y opacidad. El retrato promete acceso, pero también certifica un límite: lo que se mira no se entrega por completo.
En este contexto, el título de la exhibición articula una fricción semántica central. “Puro” —término que puede aludir tanto a lo auténtico como a lo incontaminado— se enfrenta a la figura del villano, históricamente cargada de connotaciones morales negativas. Antes de su asociación con la maldad, villano designaba a quien habitaba las villas: asentamientos rurales situados fuera de la ciudad amurallada, lejos del centro político, económico y simbólico. El villano no era un sujeto perverso, sino un cuerpo desplazado del orden urbano, asociado a lo rústico, lo impropio, lo no domesticado.
Desde esta lectura etimológica, PURO VILLANO propone una reapropiación del término para pensar figuras que existen fuera de los sistemas de legitimación y reconocimiento. Los personajes que emergen en estas monotipias no buscan ser comprendidos ni representados fielmente; resisten la captura total de la mirada. Son presencias que se ofrecen parcialmente, que se deforman, se oscurecen o se exceden, negándose a convertirse en imagen transparente o plenamente apropiable.
Las monotipias funcionan así como superficies de aparición más que como retratos cerrados. El gesto, la mancha y el accidente material no ilustran una identidad previa, sino que producen cuerpos en devenir. Figuras que parecen surgir desde lugares indeterminados —sueños, visiones, recuerdos fragmentados— y que se presentan sin pedir permiso, reclamando atención sin garantizar comprensión.
PURO VILLANO no busca resolver la tensión entre pureza y oscuridad, posesión y distancia, centro y margen. Habita esa contradicción como un espacio productivo. En este cruce, la obra de Oliveiro Leal plantea una pregunta abierta: ¿qué ocurre cuando el retrato deja de ser una forma de dominio y se convierte en el registro de un encuentro incompleto, de una presencia que nunca termina de revelarse?
Las monotipias funcionan así como superficies de aparición más que como retratos cerrados. El gesto, la mancha y el accidente material no ilustran una identidad previa, sino que producen cuerpos en devenir. Figuras que parecen surgir desde lugares indeterminados —sueños, visiones, recuerdos fragmentados— y que se presentan sin pedir permiso, reclamando atención sin garantizar comprensión.
PURO VILLANO no busca resolver la tensión entre pureza y oscuridad, posesión y distancia, centro y margen. Habita esa contradicción como un espacio productivo. En este cruce, la obra de Oliveiro Leal plantea una pregunta abierta: ¿qué ocurre cuando el retrato deja de ser una forma de dominio y se convierte en el registro de un encuentro incompleto, de una presencia que nunca termina de revelarse?